En los últimas días un grupo de científicos de la Fudan University en Shanghai (China) ha expresado que podría conseguirse la invisibilidad mediante una enorme cantidad de nanoesferas, cada una con un diámetro menor a los 10 nanómetros (mil millonésimas partes de un metro), hechas de un material ferromagnético y recubiertas con una capa de plata. Dichas esferas se encontrarían en suspensión dentro de un líquido y serían capaces de reaccionar ante la presencia de un campo magnético. Ji-Ping Huang, el científico a cargo del grupo, ha explicado que mediante la aplicación controlada de ese campo magnético, las esferas se “ordenarían creando cadenas más o menos largas según sea necesario” para modificar el índice de refracción del líquido. Como hemos explicado alguna vez, la velocidad de la luz cambia al atravesar algunas substancias semitransparentes -como el agua o el aire- produciendo eventos como los espejismos. Huang propone crear un índice de refracción “a medida” para cada zona del líquido de forma que se guié a la luz a través de una ruta que “esquive” el objeto que se pretende ocultar.
No hay dudas que se trata de un mecanismo ingenioso. Lo difícil es que pueda construirse. Y lo muy difícil es que llegue a ser práctico. Suponiendo que dentro de una o dos décadas podamos construir las esferas que propone Huang, el sistema de control del campo magnético es una tarea que posiblemente exceda el poder de cálculo de cualquier superordenador imaginable. Si el objeto a ocultar -supongamos que es un buzo humano nadando que intenta “infiltrarse” en algún sitio sin ser visto- se mueve, agitará el agua a su alrededor provocando que todas las esferas cambien de posición. Si las nanoesferas miden unas pocas mil millonésimas de metro cada una, para ocultar a una persona harán falta miles de millones. Controlar la posición de cada una en tiempo real, en un medio en movimiento, puede que sea imposible durante siglos.
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